7 jun. 2011

La pluma

En el momento en que me decidí a tomar la pluma, las palabras comenzaron a brotar solas. Es como si esa poca tinta que quedaba, quisiera salir a plasmarse en las hojas de papel. Pero me di cuenta de que no podía escribir palabras tan especiales en un papel tan simple como una hoja de cuaderno. De inmediato comencé a urgar en el mismo baúl en que había encontrado la pluma, con la esperanza de encotrar algo donde escribir. Encontré un diario de vida, en blanco, y de inmediato me decidí a escribir sobre él con la pluma que había dejado de lado al creer que no la necesitaría nunca más.

Las primeras historias estuvieron cargadas de subjetividad y autorreferencia, puesto que consideré importante comenzar por plasmar algunos recuerdos que temía olvidar. A pesar de esto, no quería que algunas personas supieran tales cosas de mi, por lo que decidí realizar algunos cambios en las historias, dejando lo importante de modo que sólo alguien que me conociera en realidad, pudiera interpretar lo que algunos pasajes de esas historias contaban realmente.

Pero llegó un momento en el cual no quedaban más historias de mi vida, en ese momento pensé en escribir ficción pura, sin ninguna referencia del mundo empírico. Me dí cuenta de lo difícil que esto era, y luego comprendí que, junto con narrar mi vida, tengo que vivirla. En ese momento comprendí la razón por la cual me fué tan fácil escribir en principio: había vivido tanto, que tenía una necesidad por plasmar mi vida en el papel.

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